Los golpes del Campeón2 minutos de lectura

Los golpes del Campeón duelen más. No necesariamente porque vengan con más fuerza o porque él sea mejor, sino porque ese hombre, con su cinturón de oro, su posición y su meta cumplida, tiene algo que su contrincante quiere. Y eso, antes incluso de comenzar la pelea, coloca a uno por encima y al otro por debajo. Por eso sus golpes duelen más.

Antes de ponerse los guantes se desarrolla una feroz batalla en el ámbito de lo invisible. Una pelea dentro de las mentes de ambos hombres en la que debe responderse una sola pregunta: ¿quién es mejor?

Mucho antes del primer golpe, incluso mucho antes del día de la pelea, esa pregunta puede haber sido respondida. Y aquel que consigue imponer la respuesta obtiene una ventaja enorme. Porque ya no pelea solamente contra otro hombre: pelea contra un hombre que, en alguna parte de sí mismo, ha aceptado estar por debajo.

Es por esto que algunos fingen confianza, rudeza e incluso psicopatía. No siempre intentan asustar al otro por simple espectáculo. Intentan ganar una pelea que todavía no ha comenzado.

He peleado con personas cuyas habilidades admiro y que, sin embargo, han caído mucho más rápido que peleadores considerablemente peores. En muchos he visto la misma mirada: una mezcla de miedo y respeto que termina haciéndolos sumisos. Técnicamente podían ser buenos. Mentalmente ya habían cedido una posición.

Pero no solamente cuenta lo físico o la experiencia. Es, sobre todo, una guerra de confianza, y en ella quién es la otra persona y su vida también es un recurso.

Su cinturón cuenta. Su récord cuenta. Su reputación cuenta. Su apariencia cuenta. Su vida fuera del ring cuenta. El campeón no necesita ser superior. Necesita que tú lo reconozcas como superior.

Porque si frente a ti hay un hombre cuya vida consideras mejor que la tuya, que ha conseguido lo que tú quieres conseguir, que ocupa el lugar al que tú aspiras llegar, corres el riesgo de dejar de verlo como un igual. Aparece la admiración, después el respeto excesivo y finalmente una especie de sumisión mental. Ya no tienes simplemente un contrincante delante: tienes encima una representación de aquello que todavía no eres.

Entonces sus puños pesan más.

El mismo golpe lanzado por un desconocido no duele igual que el golpe lanzado por el Campeón. Uno golpea el cuerpo. El otro golpea también la jerarquía que ya habías construido dentro de tu cabeza.

Por eso hay derrotas que empiezan mucho antes de subir al ring. Empiezan cuando un hombre concede al otro una posición superior y después intenta combatir físicamente una jerarquía que mentalmente ya aceptó.

No hay golpe más fulminante que aquel que, en el fondo, crees que te mereces.

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