Una cadena solo es tan fuerte como su eslabón más débil. Esa frase, tan repetida, suele usarse para justificar la mediocridad. Yo la leo al revés. El que más tiene para dar es, casi siempre, el que termina dando menos. No porque no quiera o no pueda, sino porque no existe en el vacío. Está atado a una red de relaciones, de expectativas, de compromisos. Y esa red no lo eleva: lo arrastra. Puede y quiere ser más, ofrecer más, imponer su medida. Pero el grupo no se lo permite. Toda relación entre capacidades desiguales exige algún grado de adaptación, y esa adaptación casi siempre ocurre desde arriba hacia abajo. El fuerte se debilita para que el débil no se rompa.
Cuando lo mejor se encuentra con lo peor, no triunfa lo mejor. Prolifera lo peor. Lo peor sabe que no puede dar lo mismo que el superior. Lo mejor, en cambio, sí puede con lo peor… y precisamente por eso termina haciendo lo mismo que hace el peor.
Así nace el desperdicio sistemático: se premia al que no se lo merece y se castiga al que sí. El más inteligente no puede hablar de la manera más inteligente posible si no que por compasión, responsabilidad y moral: se convierte la habilidad extraordinaria en obligación de comportarse como ordinario. Y el inteligente tiene que hablar como tonto. Se embota la experiencia humana del que podía ir más lejos. Se rompe la cadena… pero no por el eslabón débil. Se rompe porque el eslabón fuerte se relacionó con el débil.