En mi meta de no consumir redes sociales, y ahora en mi reencuentro con ellas, he descubierto algo inquietante: la degradación de los valores dominicanos.
Tanto tiempo señalando a Netflix y a Disney por su contenido, que no me di cuenta de que el mismo mal ya se había infiltrado en mi propio patio. Mientras mirábamos hacia afuera, aquí dentro se estaba cocinando lo que hoy se consume en masa: la televisión y las redes dominicanas convertidas en un reflejo de esa decadencia.
Bajo la bandera del “entretenimiento” nos han vendido un circo estereotipado de pecadores.
En el afán de reír, bajamos nuestras defensas morales y abrimos la puerta al demonio. La “limpieza occidental”, las ONGs, el dinero americano y las modas importadas nos empujan a apoyar, sin darnos cuenta, lo diabólico y lo anti-dominicano.
Ya la invasión no es haitiana; es mental, es ideológica, y viene disfrazada de progreso.
California está aquí —en nuestras pantallas, en nuestras mentes— y amenaza con quedarse. Pero no debemos permitirlo solo por miedo a no sonar “políticamente correctos”. Somos un país temeroso de Dios, de roles, de costumbres. Y eso no es atraso: es identidad.
No nos perdamos en las trampas de una minoría con megáfono, que pretende vendernos su doctrina bajo la prostituida palabra de “modernidad”.
Si seguimos ese camino, perderemos el cielo eterno.
Somos inteligentes. Somos buenos. Somos religiosos. Somos dominicanos.