El espejismo del medallero3 minutos de lectura

Hay un detalle que nadie quiere decir en voz alta: cuando ves a un país con más medallas de oro, pero la mayoría son femeninas, eso no significa que esté en su mejor momento deportivo. Significa que su nivel deportivo está realmente bajando y buscan maquillar esos resultados con medallas más fáciles. El verdadero estándar del alto rendimiento siempre estuvo en el deporte masculino: ahí es donde la competencia es brutal, donde cada victoria se gana entre miles que quieren devorarte.

El deporte femenino no es eso. Ahí el baremo es bajo, la competencia es escasa y las instituciones han puesto un foco desproporcionado para inflar resultados. Entonces, un país que ya no domina en boxeo, atletismo o halterofilia masculina, se vende como potencia porque araña oros fáciles en categorías donde el nivel global es mucho más débil.

La gran mayoría de las mujeres que hacen deporte vienen de países o estados ultra woke, y eso les da la errónea percepción de que saben más de deporte que el resto del mundo, cuando en realidad están consiguiendo menos oros en hombres pero doblemente más oros en deportes femeninos. Pero la realidad es otra: los deportes femeninos son un producto de marketing, inflado desde arriba. Son pocas las realmente buenas, y esas pocas existen como excepción sin verdadera competencia por la falta de interés real en el deporte dentro del género femenino. La mayoría de mujeres no quiere dedicarse a competir; les interesa la vida social, la estética, el trabajo, la familia o el entretenimiento. Y es esa falta de interés la que deja sus deportes en una liga secundaria: menos competencia, menos profundidad, más medallas fáciles.

Cada era tiene su oportunidad; después del boom de las empresas de internet, llegó la era de la “chica deportista”. Con mucho marketing, ventaja institucional y un baremo sumamente bajo, se fabricó la ilusión de grandeza.

No digo que no haya talento. Sí lo hay. Serena en el tenis, Ronda en MMA en su mejor momento, algunas atletas que de verdad marcaron época. Pero son la excepción, no la regla. Y una excepción sin competencia no se convierte en grandeza universal, se convierte en propaganda.

Los números engañan: un oro femenino cuenta igual que un oro masculino en la tabla, pero no en la realidad. El peso de un título ganado en un campo donde hay miles de hombres al máximo nivel no se puede comparar con uno conquistado en una categoría con poca tradición, poco interés de su género y poco alcance global. El sistema sabe esto, pero lo oculta porque necesita ídolos, necesita vender progreso, necesita mantener la ilusión de que todo es igualdad.

La verdad es que el medallero moderno refleja tanto la decadencia de la supremacía deportiva y masculina en países woke (Europa y USA) como la inflación institucional del deporte femenino. Y detrás de las banderas, lo que hay es un mercado de ilusiones.

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