El caballo1 minutos de lectura

Hay deseos que parecen tan lejanos que uno ni se atreve a nombrarlos. Yo quería caballos. Siempre los quise. Pero en mi cabeza el sueño estaba encerrado detrás de un muro imposible. Pensaba que primero debía ser rico, tener una finca, administrarla, contratar un hombre que supiera de riendas, preparar la tierra, y entonces, solo entonces, comprar el animal.

Hoy descubrí que no. Que existen lugares donde basta con comprar el caballo y te alquilan el espacio, el cuidado, la vigilancia. Todos esos pasos que yo había encadenado eran cadenas falsas. Bastaba con dar un golpe y romperlas.

Así son muchos caminos: no porque sean rectos, sino porque alguien pasó primero y dejó la hierba aplastada. Y todos, obedientes, seguimos esas huellas como ganado. Pero hay otros senderos invisibles, mejores, más rápidos, más vivos.

Cuántos sueños se entierran porque confundimos el camino con la meta. Nos quedamos esperando las condiciones perfectas, y mientras esperamos, la vida se acaba.

La verdad es brutal: no necesitas todo lo que crees para empezar. Lo único que necesitas es decidir. Lo demás se abre como tierra rajada después de un trueno.

Puedes tenerlo todo, pero nunca si caminas con la fe ciega de la costumbre.


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