El miedo está mal contado2 minutos de lectura

Se han vuelto virales los story times donde una mujer narra, con música de tensión y voz temblorosa, cómo un hombre sin hogar intentó secuestrarla, cómo un tipo grande y musculoso la siguió dos cuadras, cómo un “loco” casi la ataca. Historias editadas para parecer advertencia, pero que en realidad funcionan como alimento del algoritmo. El trauma se volvió entretenimiento.

Y sin embargo, cada vez que escucho una de estas historias, algo no me cuadra. Mi experiencia y mi instinto me dice lo contrario.

Los carteristas que he conocido no eran figuras temibles. Eran invisibles. Eran los tipos escuálidos, inocentes, con rostro común que se mueven entre la multitud como si nunca hubieran estado ahí. Los que intentaron robarme. 

Quien intentó drogarme no era un degenerado con cara de villano. Era alguien amable, simpático incluso, el tipo de persona con la que podrías compartir una cerveza sin sospechar nada. Y los que me han atacado sin razón… eran como yo.Mismos años, misma ropa, misma sonrisa fácil. Pero por dentro, cocinaban una paranoia que no se notaba, hasta que era demasiado tarde.

Lo peligroso es lo invisible. Porque no hace falta mucho análisis para entender que un hombre grande, que luce fuerte y peligroso, es probablemente lo menos conveniente para cometer un crimen en público. Su sola presencia lo delata. Nadie lo pasa por alto. Es, en su fuerza, demasiado evidente. Y lo evidente no sobrevive en el crimen.En cambio, el promedio es perfecto.La normalidad es su disfraz. La mediocridad su mejor camuflaje.

Y sobre los homeless, quiero decir esto sin miedo a equivocarme: los que he conocido, incluso los que me han mirado con ojos perdidos, estaban más cerca de darme la bendición que de quitarme algo.

No tienen los recursos ni la estructura mental para organizar un secuestro. No tienen energía ni para manipular su propia rutina, mucho menos para manipular a alguien más.

Pero el estigma los marca. La sociedad ha aprendido a tenerles miedo. No por lo que hacen, sino por cómo huelen. Por cómo se ven.

El prejuicio es tan fuerte que una mirada de cansancio puede parecer amenaza.

Un balbuceo puede sonar a amenaza.

Una presencia, una desgracia, un rostro sin hogar… Ya es culpable sin abrir la boca.

Y así, seguimos contándonos historias equivocadas sobre el mal. Le damos forma de monstruo, cuando el verdadero mal es funcional, es simpático, es común.

El mal de verdad no asusta.

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