Narcos y CEOs. Dos caras del mismo pacto con el poder. Diferente vestimenta, misma lealtad. El narco en México no es enemigo del Estado. Es su herramienta. Su recurso periférico. Su forma de mantener el orden en zonas donde el gobierno no llega con presupuesto, pero sí con acuerdos. El Estado no combate al narco. Lo administra. Lo usa mientras sirva. Y si desobedece, lo saca del tablero. No por matar. No por vender droga. Sino por no entregar. Por hablar. Por querer ser dueño de la mesa y no ficha. Por pasarse de la raya.
En Estados Unidos pasa lo mismo, pero sin sangre a la vista. Allá el empresario es su narco. El Estado no teme al poder económico, lo amamanta. Le da contratos, subsidios, leyes hechas a medida. Le permite crecer, dominar, aplastar competencia, absorber al mundo. Mientras sirva. Mientras no olvide quién lo sostiene. El empresario americano es un narco con Harvard. En vez de AK-47, tiene lobbies. En vez de sicarios, tiene senadores. En vez de carteles, tiene conglomerados. Pero sirve igual: hace lo que el Estado no puede hacer directamente. Reubica fábricas, presiona países, construye narrativas. ¿Qué se necesita contener a China? Apple comienza a “considerar” mudar su producción a India. ¿Qué se necesita castigar a Rusia? McDonald’s, Starbucks, Nike, todos fuera. ¿Qué se necesita controlar el relato? Meta “modera” el contenido que no conviene.
El Estado, lejos de ser enemigo, es su socio, su protector… y su verdugo si es necesario. Lo que en México se ve con militares y retenes, en EE.UU. se hace con regulaciones, investigaciones y caídas súbitas en la bolsa. Nadie está por encima. Solo se está arriba mientras se obedezca.
Muchos quieren ser narco en México. Muchos quieren ser CEO en Estados Unidos. El gobierno lo sabe. El sistema lo sabe. Y por eso nunca le faltan piezas. Siempre hay alguien esperando su turno para pagar plaza, para firmar contrato, para levantar una marca o para entregar un territorio. La ambición no escasea. Es parte del diseño.
El sistema no teme que se caiga uno, porque tiene veinte más en la fila. Comienza eligiendo a los mejores, los más útiles, los más leales. Pero sabe que todos —todos— son reemplazables. La rotación está calculada. El que hoy cena en la mesa, mañana es barrido sin ceremonia. Porque el privilegio no es permanente. Solo el pacto lo es.
Ahí está Musk. Mientras lanzaba cohetes y hablaba bonito de energías limpias, todo bien. Era la cara del futuro. Pero bastó que criticara a Biden, que cuestionara Ucrania, que se acercara a China, para que se activara el castigo. Cayó Tesla, le llegaron auditorías, le soltaron a los perros mediáticos. No fue casualidad. Fue castigo. Lo mismo que cuando un narco intenta romper el pacto. No es lo que hace, es que ya no sirve como antes. No se lo bajan por criminal. Se lo bajan por díscolo.
La lógica es la misma. El sistema no odia el poder. Odia el poder que no controla. Ni Beltrán Leyva cayó por vender droga, ni Elon Musk cayó por tener dinero. Cayeron porque se salieron del guión. Porque olvidaron que no eran ellos los dueños del juego, sino piezas privilegiadas de una maquinaria que los sostiene mientras conviene.
Biden necesitaba reforzar la narrativa industrial: Intel anuncia planta en EE.UU. en un swing state. Presión a Rusia: las marcas se van como símbolo de castigo. Nada de eso es espontáneo. Son empresas disciplinadas cumpliendo su función geopolítica. Lo mismo que el narco entregando “orden” en la sierra. Un equilibrio basado en utilidad. En lealtad silenciosa.
Quien no entiende eso sigue creyendo en el mercado libre y en la guerra contra el narco. Cree que hay bandos buenos y malos. Cree que se castiga el delito. No. Se castiga la desobediencia. Se premia la función. El sistema no te pide que seas justo, te pide que seas útil. Y cuando ya no lo eres… te descarta. Puede ser en una celda o en Wall Street. En un operativo o en una junta de accionistas. Pero el mensaje es el mismo: sirves, o te barren.
Nadie está a salvo del guión. Ni el capo ni el CEO. Porque el poder no es ni legal ni ilegal. El poder es estructura. Es pacto. Es espalda cubierta mientras entregues lo que se espera