Cada quien es como serías tú en sus circunstancias.
La hoja que vuela y llega al mar no es muy diferente a la que cae cerca del árbol. No es mejor, no es peor. Solo tuvo otra combinación de viento y peso. A veces creemos que la hoja que viaja lejos logró algo grande, pero quizá solo cayó en el momento exacto. Cada hoja es distinta, pero todas salen del mismo árbol. No eligen su forma de caer.
Lo mismo pasa con la gente.
La vida, aunque duela aceptarlo, es justa. Cada quien tiene lo que aguanta, lo que permite, lo que desea aunque no siempre lo admita. No existe eso llamado “infelicidad”. Todo proyecto de vida llega a un resultado que, en algún nivel, fue deseado. Porque incluso el dolor tiene sentido para quien lo carga: da importancia, atención, drama, o una forma de no sentirse vacío. Hay placer oculto en muchas formas de sufrimiento.
Lo que a ti te parece fracaso, a otro le parece descanso. Lo que tú llamas éxito, otro lo ve como esclavitud. Un millonario estresado es un héroe para un emprendedor con hambre, pero un chiste para un monje.
El juicio nace del ego. Visto otra rama, otro viento, todo cambia. Y muchas veces lo que ves en otra hoja no habla de ella, sino de ti.
El ser humano es un algoritmo que se repite con ligeras variaciones. Una hoja más del árbol. Reacciona según su forma, su peso, su humedad, el viento que le tocó. Ninguna hoja volará como un ave ni nadará como un pez. Pero todas pueden encontrar sentido en su forma de caer.