Made in2 minutos de lectura

El dominicano no es que critique su país. El dominicano lo odia.

Y no lo dice con palabras: lo demuestra con elecciones.

Si un producto dice Made in Spain… wow.

Si dice Made in USA… respeto automático.

Pero si dice Hecho en República Dominicana, nadie lo quiere. Nadie lo apoya. Nadie lo presume.

Como si lo nuestro viniera defectuoso por definición.

Eso pasa con todo.Pasa con los negocios.Pasa con el arte. Pasa con el boxeo.

Yo hablo de boxeo dominicano en una entrevista, de nuestros peleadores, de nuestra historia, de lo que se está construyendo aquí…

¿Y qué hace la gente? Me quiere meter el boxeo Ruso. Pero por qué?¿Por qué no podemos hablar de lo nuestro sin compararlo, sin minimizarlo, sin sacarlo del centro?

Porque estamos configurados para pensar que lo de afuera es mejor. Esa es la raíz de todo.

Y no es teoría. Es experiencia vivida.

Tengo amigos que aquí no existen… y fuera del país reciben miles de likes, atención, validación. Ellos mismos me lo dicen. Me lo confían.

Y yo lo he vivido también.

Fuera de aquí, el hombre dominicano es deseado.

En Europa, en Estados Unidos, la reacción es inmediata. A mí me lo dijeron sin adornos: “You look like you were carved by Dominican gods.”

Miradas constantes. Presencia reconocida. Valor asumido.

¿Y por qué allá sí y aquí no? Porque fuera nos ven sin el filtro del desprecio interno. Aquí no nos apreciamos. Allá nos descubren.

Y eso es lo más triste: En este país hay gente valerosa, trabajadora, ingeniosa, fuerte, creativa.

Pero como nación tenemos una autoestima baja, casi patológica. Elegimos lo de afuera antes que lo de adentro, aunque lo de adentro sea bueno, real y nuestro.

Eso no salió de la nada. Eso es política de Estado.

Eso es historia mal cerrada. Eso es décadas de enseñarnos que el valor viene de fuera y nunca de aquí.

Por eso me quilla ver banderas, slogans y frases de “orgullo dominicano”. Porque no es verdad.

No mientras sigamos despreciándonos en la práctica. No mientras lo extranjero mande y lo dominicano tenga que pedir permiso.

La idea central es esta, y es incómoda, pero es real: crecimos programados para creer que lo de afuera vale más que lo nuestro.

Y hasta que eso no cambie, no habrá orgullo que aguante.

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