Cuando todo se puede fingir 6 minutos de lectura

Hay algo extraño pasando y creo que todavía no entendemos las consecuencias. Estamos separando los resultados de las cosas que antes había que hacer para conseguirlos.

Antes, si alguien estaba flaco, probablemente había dejado de comer. Si alguien estaba musculoso, probablemente entrenaba. Si alguien escribía bien, probablemente había leído mucho. Si alguien hacía una fotografía increíble, probablemente sabía usar una cámara. Si alguien hablaba tres idiomas, probablemente había pasado años aprendiéndolos.

No necesariamente era así siempre, pero había una relación entre lo que veíamos y lo que suponíamos que había detrás.

Ahora esa relación se está rompiendo.

Una puya y eres flaco.

Un prompt y escribes.

Un teléfono y eres fotógrafo.

Una aplicación y hablas otro idioma.

La tecnología siempre ha hecho las cosas más fáciles, pero creo que ahora está pasando algo diferente. No solamente estamos haciendo más fácil el proceso, estamos comenzando a eliminarlo.

La calculadora hizo más fácil calcular, pero todavía había que saber qué calcular. La cámara hizo más fácil hacer una fotografía, pero todavía había que encontrar el momento, encuadrar y disparar. Google hizo innecesario memorizar muchísimas cosas, pero todavía había que leerlas.

Ahora puedes escribir un artículo sobre Nietzsche sin haber leído una página de Nietzsche.

Puedes hacer una fotografía que hace veinte años hubiera necesitado un fotógrafo profesional sin saber qué significa apertura.

Y puedes perder treinta kilos sin haber adquirido un solo hábito nuevo.

Ozempic, Mounjaro y todas las puyas que vendrán después me parecen particularmente interesantes porque hacen en el cuerpo lo mismo que ChatGPT está haciendo en algunas cosas intelectuales: separan el resultado del sacrificio que antes suponíamos que había detrás.

Estar flaco era difícil.

No porque existiera ningún misterio sobre cómo hacerlo. Todo el mundo sabía más o menos qué había que hacer. Comer menos. Moverse más. Aguantar hambre. Repetirlo mañana. Y pasado mañana. Y el próximo mes.

Lo difícil nunca fue saberlo.

Lo difícil era hacerlo.

Por eso un cuerpo podía comunicar algo más que un cuerpo. Veíamos a alguien en forma y asumíamos disciplina, constancia y autocontrol. Quizá la persona no tenía ninguna de esas cosas, pero la señal tenía cierta lógica porque conseguir el resultado tenía un costo.

Las puyas están reduciendo ese costo brutalmente.

Y no digo esto como una crítica moral a quien las utiliza. Si existe una tecnología que permite resolver un problema, es bastante absurdo exigirle a alguien que sufra solamente porque antes había que sufrir.

Yo tampoco escribo a máquina para demostrar que me esforcé.

Lo interesante no es si está bien o mal.

Lo interesante es qué pasa cuando todo el mundo puede tener la señal sin tener aquello que la señal representaba.

Porque entonces la señal deja de funcionar.

La fotografía ya pasó por esto.

Hubo una época en que hacer una fotografía técnicamente perfecta requería saber hacer fotografías. Había que entender la luz, la cámara, el lente y un montón de cosas que hoy mi teléfono resuelve antes de que yo pueda pensar en ellas.

El resultado mejoró.

El mérito técnico necesario para conseguirlo disminuyó.

Por eso hoy estamos inundados de fotografías hermosas y, paradójicamente, una fotografía hermosa impresiona menos.

Tenemos demasiadas.

ChatGPT está haciendo lo mismo con las palabras.

Durante siglos escribir correctamente era una señal bastante buena de que detrás había alguien que sabía escribir. Para escribir bien había que haber leído, haber escrito mal durante mucho tiempo, desarrollar vocabulario, aprender a organizar ideas y eventualmente conseguir una voz.

Ahora no.

Puedes no saber dónde va una coma y producir en treinta segundos una carta mejor escrita que la de alguien que lleva veinte años escribiendo.

Eso no significa que sepas escribir.

Significa que puedes producir escritura.

Y esa diferencia va a importar muchísimo.

Estamos entrando en una época en la que producir la apariencia de una capacidad será cada vez más fácil mientras tener realmente esa capacidad seguirá siendo difícil.

Creo que eso va a cambiar lo que valoramos.

Ser flaco probablemente seguirá siendo atractivo, pero ser flaco dejará de impresionar.

Escribir bonito seguirá siendo agradable, pero escribir bonito dejará de demostrar que eres inteligente.

Hacer una fotografía perfecta seguirá siendo bonito, pero dejará de demostrar que eres fotógrafo.

Hablar perfectamente en un correo en inglés dejará de demostrar que sabes inglés.

La superficie se está haciendo demasiado barata.

Y cuando algo se hace barato deja de servir para distinguirnos.

Entonces buscamos otra cosa.

Si cualquiera puede estar flaco, el cuerpo atlético empieza a importar más. No solamente tener poca grasa, sino hombros, piernas, espalda, coordinación, resistencia, fuerza. Cosas que todavía obligan a hacer algo.

Si cualquiera puede escribir un ensayo perfecto, el texto empieza a importar menos y el pensamiento empieza a importar más. Puedes pedirme un artículo extraordinario sobre un libro que nunca leí, pero si nos sentamos dos horas a discutirlo eventualmente vas a descubrir que soy un fraude.

Puedes pedirle a ChatGPT que te haga un plan empresarial espectacular. Otra cosa es poner cien mil dólares tuyos sobre la mesa y decidir qué hacer cuando las cosas salen mal.

Puedes parecer atleta en Instagram.

Después hay que subir al ring.

Ahí todavía no existe prompt.

Creo que ese será uno de los grandes cambios culturales de los próximos años. No vamos a dejar de ser superficiales. Probablemente seremos todavía más superficiales. Pero las señales que utilizamos para juzgar a los demás van a cambiar porque muchas de las actuales dejarán de significar lo que significaban.

La tecnología democratiza resultados y al hacerlo destruye parte del prestigio de conseguirlos.

Lo extraordinario se convierte en normal.

Lo difícil se convierte en un botón.

Y buscamos una nueva cosa difícil.

Quizá por eso la disciplina termine siendo más importante precisamente cuando sea menos necesaria.

Porque cuando nadie necesita disciplina para parecer disciplinado, tenerla de verdad se convierte en algo raro.

No me interesa demasiado si alguien escribió algo con ChatGPT, se puso una puya para adelgazar o tomó una fotografía con un teléfono que hizo todo el trabajo. Probablemente yo haría exactamente lo mismo. Sería estúpido rechazar una herramienta útil solamente para poder decir que sufrí.

El problema aparece cuando confundimos el resultado con la persona.

Cuando pensamos que escribir significa saber.

Que estar flaco significa tener disciplina.

Que producir significa comprender.

Cada vez tendremos mejores maneras de parecer cosas que no somos.

Y quizá esa sea precisamente la contradicción de nuestra época: nunca había sido tan fácil construir una imagen extraordinaria de nosotros mismos y nunca había sido tan difícil saber qué existe realmente detrás de ella. La tecnología no está haciendo inútil la disciplina. Está haciendo inútil utilizar el resultado de la disciplina como prueba de que la tienes.

No “yo soy flaco”.

“Yo soy atleta.”

No “yo escribo bonito”.

“Yo pienso.”

No “hago fotografías bonitas”.

“Yo veo cosas que otros no ven.”

Cuando todo puede fingirse, lo verdaderamente valioso deja de ser parecer.

Es ser.

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