La ley es un decorado. El poder es el guion.
Nos dijeron que existía la soberanía,
que había constituciones, fronteras, pueblos,
que la ley internacional era un dique contra la barbarie.
Mentían.
La ley no gobierna al poder.
El poder usa la ley cuando le conviene
y la pisotea cuando estorba.
En República Dominicana, 1965, un gobierno elegido fue irrelevante.
A Juan Bosch no lo tumbó su pueblo,
lo tumbó la decisión de una potencia extranjera.
Entraron tropas. Punto.
La constitución no detuvo nada.
En Chile, 1973,
un presidente electo terminó muerto
y una dictadura fue instalada con apoyo externo.
Décadas después, nadie pagó nada.
En Panamá, 1989,
una invasión, miles de civiles muertos,
y el mundo siguió girando.
En Venezuela,
no hicieron falta marines al inicio:
bastó con sanciones, bloqueos, asfixia financiera.
El resultado fue hambre, migración masiva, economía ilegal.
Luego señalaron el desastre como prueba del crimen.
El incendio sirve como evidencia contra el incendiado.
Las sanciones no son simbólicas.
Son hospitales sin insumos.
Son sistemas eléctricos colapsados.
Son millones empujados a sobrevivir como puedan.
Eso no es política exterior:
es violencia estructural.
En Cuba,
un bloqueo sostenido por más de medio siglo
—condenado año tras año por la ONU—
se borra del relato,
y se culpa exclusivamente al gobierno
por la escasez, la miseria, los apagones.
La causa se elimina para que el castigo parezca moral.
Las organizaciones internacionales no frenan nada.
La Organización de las Naciones Unidas
no es un tribunal:
es un notario tardío del poder.
Cuando conviene, se ignora.
Cuando estorba, se le quita presupuesto.
Cuando sirve, legitima.
Siempre hay una excusa limpia:
democracia, drogas, derechos humanos, estabilidad regional.
Siempre hay un resultado sucio:
control, disciplina, recursos.
El petróleo no es una teoría.
Es una constante.
No lo dicen porque no hace falta decirlo.
El poder no se explica: se ejerce.
Y cuando alguien llama a esto por su nombre —terrorismo de Estado—
se hace silencio.
Porque el terrorismo solo existe
cuando no lo comete quien imprime la moneda.
No fue por humanidad.
Nunca lo es.
Fue porque podían hacerlo.
Y porque saben —por la historia—
que no habrá consecuencias.
Esto no es una opinión.
Es un patrón documentado.
Y los patrones no se debaten:
se repiten.
Estados unidos hoy hizo con Venezuela lo que viene haciendo toda su historia.