El éxodo3 minutos de lectura

A todos los latinos o hijos de un país pobre se nos ha dicho alguna vez: “sal de este campo” Que el pueblo es atraso, que el país es jaula, que la ciudad o peor aún, otro país es el camino del éxito.

Se repite como mantra: “vete, progresa, que allá sí se puede”. Pero nadie te dice que ese progreso es casi siempre, una mentira disfrazada de oportunidad.

Es común ver a un dominicano que emigra a Estados Unidos y de inmediato gana diez veces más que su igual en República Dominicana. Pero eso no significa que vive mejor.Se le quitó el hogar y se le dio el cubículo. Se le dio tarjeta de crédito, pero no tiempo. Se le vendió poder adquisitivo, pero solo si lo ejerce allá donde no vale.

Vive apurado, duerme poco, se estresa mucho. Su recompensa: menos de 50 metros cuadrados y el derecho de decir que “está en el país de las oportunidades”. Cuando Objetivamente, tiene un peor estilo de vida que alguien de menor clase social en su propio país… y hace progresar con su carne una maquinaria ajena. El sistema lo convenció de que huir era crecer. No lo liberó: lo reclutó.

La atracción por irse es casi religiosa. Una fe ciega en que todo lo ajeno es mejor, en que lo propio es ruina. Y así, los pueblos se vacían, las patrias se secan y el exilio se convierte en destino colectivo. Pero lo irónico es que no se necesita mucho para saber esto, pero nadie lo dice cuando ve a su amigo millonario en pesos pero pobre en dólares con ojeras amargado y estresado que el sueño sigue siendo largarse.

Pero no solo es irse a otro país, Lo mismo ocurre dentro de las fronteras. El campesino que deja el monte por la capital deja lo bueno por lo peor. Dejan su cama y su techo por dormir en donde se trabaja. Sin cama, sin casa, sin espacio pero supuestamente mejor.

Todo por unos dólares más, por un sueño que no se toca. ¿De verdad lo vale? ¿Es eso progreso? ¿Es eso libertad?

La trampa no está en migrar. La trampa está en creer que irse es siempre progreso y quedarse es siempre fracaso. La ciudad global no es cuna de libertad, sino fábrica de utilidad. Y el que vive persiguiendo prestigio termina sin patria, sin paz y sin piel. Quizá la verdadera riqueza no sea tener más… sino ser más.

A nadie le enseñaron a confrontar esa idea.

Solo te dicen: “sal de aquí”. Y tú obedeces, sin preguntarte si irte realmente te lleva a algún sitio. Porque la probabilidad de que ese salto termine bien es mínima y la certeza de que perderás tiempo, energía, salud y raíces es total.

El éxodo moderno es una fuga disfrazada de ambición. Y en esa fuga, muchos pierden el alma creyendo que la estaban salvando.

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