El Masoquismo3 minutos de lectura

El deseo es la cuna del sufrimiento. Esa es, en esencia, una de las verdades centrales del budismo. Y tiene razón. Para alcanzar la paz —la verdadera— hay que eliminar el deseo. Quienes más tienen, quienes más logran, suelen parecer los más felices a los ojos del inexperto. Pero, como ya intuye el budismo, son también los más infelices. Porque son los que más desean.

Un multimillonario tiene de sobra para vivir bien —y más— durante muchas vidas. Aun así, muchos de ellos persiguen pasar de millonario a billonario y lo logran. Para lograrlo necesitan hambre. Porque si estuvieran saciados, no seguirían comiendo. Ese apetito voraz —esta vez por dinero— es el mismo que sentimos al tener hambre física: es incómodo, es punzante, es doloroso. Una persona con hambre, literal o simbólicamente, es una persona insatisfecha.

La persona responsable sufre porque se exige, porque se presiona, porque le estresa no cumplir. En cambio, el charlatán no se preocupa, no se complica. No le afecta.

Todo lo que vale, cuesta. Las cosas verdaderamente valiosas no caen del cielo: se conquistan. Y si todo el mundo pudiera tenerlas fácilmente, no tendrían valor… y, por tanto, casi nadie las desearía. Es la dificultad lo que las vuelve especiales. Es la escasez lo que les da su precio. Aplaudimos al excepcional porque hizo lo excepcional. Y lo hizo porque sufrió.

Buscar ser excepcional, por definición, es salirse de lo ordinario. Es romper la norma, el promedio, el confort. Por eso, paradójicamente, es una receta más que probable para la infelicidad. Pero, ¿Debemos por eso dejar de desear dígase sufrir? 

Pienso lo contrario. El sufrimiento/deseo es la esencia de lo vivo. No hay placer sin contraste. No hay dicha sin dolor previo. No tiene sentido una vida hedonista si no está cargada de significado. El sufrimiento dignifica. Nos pone a prueba. Nos moldea. Nos transforma. Sin él, no hay verdadera felicidad.

El masoquismo,como aceptación consciente del dolor, es el camino del excepcional. Es elegir el obstáculo, el dolor. Es escoger el camino difícil por encima del cómodo. Y aunque eso parezca irracional, es profundamente humano.

La especie humana sobrevivió por una sola razón: sufrió. El dolor la forzó a adaptarse. El frío la hizo inventar fuego. El hambre la hizo plantar semillas. El miedo la hizo construir muros. Sin sufrimiento, no habría evolución. Y sin evolución, no habría humanidad.

Encontrar el dolor —y no huir de él— es una bendición disfrazada. Es una alarma que indica que aún estamos vivos, que aún hay terreno por conquistar, que aún hay margen para ser mejores. Lo que nos da la mejor noche de sueño no es el colchón de seda… es el día que le precedió: el trabajo duro, la batalla ganada, el deber cumplido.

Y así, entendemos que las cosas que realmente valen la pena no se heredan, no se regalan, no se compran baratas. Se sufren. Y por eso, valen la pena.

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