Al pueblo taíno de hoy ya no les cambian espejos por oro, ahora se les da remesas por talento humano.
La vida del taíno en su propia tierra ya no promete cosecha, lo que posibilita que los conquistadores expriman el vigoroso esfuerzo taíno con promesas de progreso y visas.
El fuego del taíno no se ha extinguido, pero ya no calienta su propia tierra ni enciende rebeliones; esta en tierras ajenas, forjando riquezas que jamás pisarán Quisqueya.
El suelo sigue sangrando su mineral más precioso, el aire se hace más denso por los ausentes, y así se difumina el alma del pueblo…