La República Dominicana es una colonia americana muy dormida. Tan poca atención le pone a la cadena corta que la amarra al pie del imperio moderno, que no nota que en el otro pie arrastra una cadena más larga, oxidada e inútil, que aún pertenece a la vieja España. Esa doble atadura no solo es simbólica: está en nuestro nombre, en el de nuestra capital y en la forma dependiente en que se nos enseña a mirar siempre hacia afuera.
Para iniciar llamarnos República Dominicana es rendirle homenaje a un español, Domingo de Guzmán, que jamás pisó esta isla ni hizo nada por su gente. Nombrar nuestra capital “Santo Domingo” perpetúa un vínculo fantasmal con una metrópolis que nos saqueó y nos abandonó. Es una evidencia de lo profundamente colonizada que sigue nuestra mente… acaso no tenemos héroes propios?
Pero la dependencia no se detiene ahí. Hoy se disfraza con un rostro lleno de bronceador blanco y dólares. El turismo.
La economía dominicana gira alrededor de una industria parasitaria que, lejos de empoderarnos, nos hace más serviles. Nuestro producto de exportación no son bienes, sino experiencias; el trato que dispensan, la servidumbre.
A diferencia de otros países que tienen turismo patrimonial, arquitectónico o cultural —como Italia, Egipto o Grecia—, en República Dominicana el turismo se reduce a una versión tropicalizada del servilismo: hostelería, fiesta, rumba y complacencia. Nos hemos reducido a un país que muestra alegría sin profundidad, cultura sin soberanía y belleza sin poder.
Este modelo económico convierte al dominicano en un actor secundario en su propio país. Cada turista es tratado como un rey porque aprendimos que el que tiene dólares manda. Y así, nos volvimos una nación suplicante. Disfrazamos nuestra dependencia diciendo que somos “gente alegre”, cuando en realidad lo que somos es gente sumisa obligada a agradar para sobrevivir.
El turismo, lejos de ser un salvavidas económico, es una cadena moderna que nos ata a la voluntad de las potencias ricas. Es una industria que, en lugar de fortalecer, debilita, haciendonos rehenes del capricho de los países que deciden si enviarán turistas o no. Basta con un titular negativo, una alerta de “inseguridad”, o una simple bajada en la recomendación de viaje por parte del Departamento de Estado de Estados Unidos, para que el flujo turístico disminuya y con él, se derrumbe una economía entera.
El impacto real se ve en la calle. El ciudadano dominicano promedio no accede a los lujos que ofrece su propio país a los turistas. Los mejores hoteles, los mejores restaurantes, las playas privadas, los espectáculos, son inaccesibles para quien vive aquí. La economía gira alrededor del extranjero, no del local.
Esta colonización emocional y económica es más peligrosa que la antigua. Porque no tiene cadenas visibles. No se impone por la fuerza, sino por la necesidad. Y así, el país entero se transforma en un escenario para complacer al extranjero. Mientras más turistas llegan, más se paralizan las otras industrias. La agricultura se estanca, la manufactura desaparece, la educación se convierte en adorno, y los sueños locales se moldean según lo que “ellos” quieren, no según lo que “nosotros” necesitamos.
El turismo, en su versión tóxica, es un veneno lento que corroe la identidad, la economía y la dignidad. El visitante se convierte en amo, y el dominicano, en su siervo. Pero como hay sonrisa, sol y propina, nadie se queja. Al contrario, se promueve. Se celebra. Se enseña como modelo de desarrollo.
Y así, seguimos siendo colonia. Solo que ahora, en lugar de cruz y espada, nos dominan con dólares.
Es hora de descolonizarnos.. ¿Qué sentido tiene llamarnos República Dominicana o tener una capital llamada Santo Domingo, en honor a un hombre que nunca pisó esta tierra? Seguimos arrastrando cadenas simbólicas de colonialismo.
La verdadera independencia empieza cuando dejamos de servir lo ajeno y empezamos a servirnos a nosotros mismos.