Colonización moderna2 minutos de lectura

Los países latinoamericanos comparten una historia común: la colonización europea. Durante siglos, potencias extranjeras saquearon nuestras tierras, asesinaron a nuestros líderes y esclavizaron a nuestros pueblos en nombre de su civilización, su Dios y su codicia.

Los colonizadores llegaron con una receta ya ensayada: primero el dominio físico. Destruyeron los templos sagrados y construyeron encima sus iglesias, no solo para borrar lo que había, sino para reemplazarlo simbólicamente. Cambiaron las estructuras de poder, asesinaron o reemplazaron a los líderes locales por títeres obedientes, y destruyeron monumentos y símbolos de identidad.

Luego vino el dominio mental. Enseñaron cómo pensar, cómo rezar, cómo obedecer. Impusieron la culpa, la jerarquía, el pecado, y un nuevo sistema de valores que se sostenía con censura, catecismo y propaganda. Se mimetizaron con la cultura local, utilizando símbolos indígenas para legitimar a sus propios reyes como herederos divinos del poder nativo. Incluso en el arte —esas pinturas barrocas en catedrales construidas con el sudor esclavo— se colaban mensajes coloniales disfrazados de estética local. Así, con arquitectura social bien calculada, los pocos lograban controlar a los muchos.

Doscientos años después, Latinoamérica es “libre”. Libre para elegir su destino, libre para construir políticas públicas que beneficien a sus pueblos. Y sin embargo, una y otra vez, vota por seguir colonizada.

Hoy la colonización no se impone con bayonetas. Se disfraza de libertad. Las ideas extranjeras se filtran a través del cine, las redes sociales, la publicidad, la música  y  los políticos vendidos con bolsillos llenos de dólares. El mensaje es claro: consumir lo que produce la potencia, imitar sus valores, defender sus intereses. Y así, poco a poco, el colonizado elige su propia sumisión, creyendo que está progresando.

La esclavitud ya no necesita látigos. Ahora se paga con sueldos que apenas alcanzan para vivir cerca del lugar donde trabajas, comer lo justo y dormir lo suficiente para volver al trabajo. El trabajador moderno cree que es libre porque firma un contrato, pero su vida gira en torno a producir valor para empresas extranjeras que tributan en sus países de origen. El resultado es el mismo: el sudor de los nuestros sigue enriqueciendo a los de allá.

Las políticas públicas favorecen sistemáticamente a las potencias: facilitan su inversión, les otorgan ventajas fiscales, les permiten explotar nuestros recursos sin desarrollar nuestras industrias. Mientras tanto, el empresario local se asfixia, la innovación se detiene, y la autonomía nacional se posterga eternamente.

Comparte esta entrada:

Descubre

Más entradas:

Todo está mal

La bendición de la humanidad es la costumbre. Gracias a ella nos hemos organizado y hemos construido tecnologías asombrosas. Pero La costumbre aunque trae muchos

El lado oscuro de los regalos

El ser humano es el propio arquitecto de su vida. Toda ayuda exterior es un daño porque es falso, grr es una injusticia, aquello que

Nada no es arte

El primero en enseñar un cuadro vacío o con una mano de pintura por encima fue un genio pues paradójicamente exponer nada, como arte significaba